Biológicamente, los seres humanos estamos preparados para adaptarnos a cualquier alternación del medio externo con el objetivo de sobrevivir: si detectamos un peligro o una amenaza para nuestra supervivencia, se desencadena en nuestro organismo una respuesta fisiológica tan potente como instantánea que estimula los mecanismos de defensa que movilizan nuestra energía y nos facilitan la huida, el ataque, la defensa o la protección de los nuestros. Por lo tanto, podemos decir que esas fluctuaciones en los factores externos generan respuestas fisiológicas que son adecuadas y positivas para el ser humano: es lo que podríamos denominar estrés biológico, y está completamente orientado a la supervivencia.

Sin embargo, cuando una situación de presión, exigencia o amenaza se alarga en el tiempo y se convierte en un factor permanente y crónico en la vida de una persona, se desencadena lo que entendemos en nuestra sociedad y de manera genérica como estrés: un trastorno del estado de ánimo que provoca una experiencia psicológica negativa, donde intervienen activamente multitud de procesos en nuestro organismo.

El estrés constituye un factor de riesgo muy importante para el desarrollo de enfermedades y trastornos emocionales como la depresión, la ansiedad y otros muchos: por desgracia, problemas muy habituales en la sociedad moderna y que constituyen una gran carga en todos los sistemas nacionales de salud. Así pues, cualquier mejora en cuanto a los factores que predisponen al desarrollo del estrés constituirá la mejor prevención de posibles enfermedades y trastornos futuros, con el incremento que ello supone de la calidad de vida de las personas.

A pesar de ser un problema tan habitual en nuestro mundo, no resulta tan sencillo detectar niveles elevados de estrés, sobre todo por parte de la persona que lo padece. Esto se debe al gran abanico de síntomas y signos con los que el estrés se presenta en cada persona: dolor de cuello o espalda que puede derivar en contracturas, molestias estomacales o problemas digestivos, caída del cabello, incremento en la frecuencia de resfriados o infecciones, insomnio y problemas para conciliar el sueño, cansancio, problemas en la piel como dermatitis o urticaria, dolores de cabeza e incluso cambios de peso.

Uno de estos factores que afecta directamente al buen funcionamiento psicológico y cognitivo, y por tanto a una menor predisposición al desarrollo del estrés, es la dieta. Al igual que una gran variedad de hormonas y neurotransmisores, los nutrientes afectan directamente al estado físico y mental del ser humano, por lo que un aporte adecuado de los mismos reduce el riesgo de este tipo de trastornos emocionales y, consecuentemente, se asocia a una mejora en la calidad de vida tanto de personas sanas como afectadas.

Particularmente importantes para este fin son las vitaminas: los nutrientes encargados del buen funcionamiento y la regulación de los procesos fisiológicos. El cuerpo es incapaz de fabricar la mayoría de ellas, por lo que debemos ingerirlas con la dieta. En concreto, y respecto a la actividad cognitiva y mental, las vitaminas implicadas directamente en la regulación y el buen funcionamiento de los procesos biológicos son las pertenecientes al grupo B: está científicamente comprobado que este grupo interviene directamente en el buen funcionamiento a nivel nervioso y del cerebro.

La suplementación con vitaminas del grupo B se ha utilizado tradicionalmente para mejorar los niveles de energía, reducir la fatiga y, en definitiva, sentirse mejor para encarar nuestro exigente día a día. Sin embargo, en los últimos años su uso se ha extendido también hacia la mejora de la salud mental de los pacientes en general. De hecho, hay estudios en los que se demuestra que una suplementación con dosis altas de vitaminas como la B6, B9 (ácido fólico) y B12, en determinadas circunstancias, dan lugar a un beneficio en el estado de ánimo y el estado de salud cerebral. Por si fuera poco, la ausencia de estas vitaminas en la dieta se ha relacionado con un mayor riesgo e incidencia de depresión, una enfermedad que golpea con virulencia nuestra sociedad.

La presencia de las vitaminas B6, ácido fólico y B12 en alimentos como las carnes magras, pescados, vegetales de hoja verde, legumbres y frutos secos hacen de la dieta mediterránea una opción ideal para mantener una buena salud mental y prevenir enfermedades de todo tipo. Por ello, la suplementación con estas vitaminas puede contribuir tanto a la prevención y el cuidado de la salud mental de personas sanas, como al tratamiento junto con fármacos específicos de personas en situación de estrés, depresión o ansiedad.

El impacto de estas vitaminas en la salud mental y el estado de ánimo y los numerosos estudios de investigación sobre dicha acción vienen explicados por la caracterización de las vitaminas B como cofactores (sustancias que favorecen el desarrollo de procesos determinados) de la fabricación y regulación de los neurotransmisores dopamina y serotonina en nuestro organismo: dos sustancias directamente implicadas en la regulación del estado de ánimo y el humor, así como la depresión y la ansiedad. De hecho, serotonina y dopamina son dianas habituales de los medicamentos utilizados en tratamientos para la depresión y otros trastornos mentales similares.

Así pues, a nivel cerebral y de estado de ánimo, el papel de la suplementación con vitaminas B6, B9 (ácido fólico) y B12 reside, entre otras funciones, en el cuidado del estado de salud cerebral y la salud mental del ser humano, previniendo así el desarrollo tanto de trastornos mentales como de enfermedades de cualquier otro tipo que aparecen, en muchos casos, como consecuencia de una salud mental precaria. Además, en pacientes afectados de estrés, ansiedad o depresión, la suplementación con vitaminas del grupo B constituye una buena ayuda para los tratamientos antidepresivos.

By Angel Fernandez

Doctor en farmacia. Óptico, traductor médico y redactor de ciencia y deportes. Tengo la gran suerte de poder trabajar con lo que realmente me apasiona gracias a mi formación y experiencia multidisciplinar. Creo en la comunicación como la principal herramienta de conocimiento.

Referencias:

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